Con los años perdemos masa muscular. Los huesos cambian. El metabolismo se hace diferente. La piel envejece. Muchas estructuras de nuestro cuerpo disminuyen su capacidad funcional.
Pero hay un órgano masculino que parece seguir el camino contrario.
La próstata.
Mientras nosotros envejecemos, ella frecuentemente continúa creciendo.
Y esa pequeña paradoja biológica explica buena parte de una historia que millones de hombres comienzan a experimentar después de los 50 años.
La próstata es una glándula ubicada debajo de la vejiga y rodea el comienzo de la uretra, el conducto por donde eliminamos la orina. Durante la juventud suele tener un tamaño relativamente pequeño, pero con el paso de los años es muy frecuente que aumente su volumen.
Este proceso se conoce como hiperplasia prostática benigna, o HPB.
Y la primera palabra importante es justamente esa: benigna.
Tener una próstata agrandada no significa tener cáncer. Son procesos diferentes, aunque pueden coexistir en un mismo hombre.
El crecimiento prostático está relacionado con la edad y con complejos mecanismos hormonales. Por eso, a medida que avanzan las décadas, encontrar algún grado de hiperplasia prostática se vuelve cada vez más frecuente.
Hasta ahí estamos hablando de biología.
El verdadero problema empieza cuando confundimos algo frecuente con algo que necesariamente debemos aceptar.
Porque la próstata puede crecer con la edad.
Pero orinar mal no debería considerarse automáticamente una consecuencia inevitable de envejecer.
Y ahí comienza una historia que conozco muy bien.
Cuando pregunto a un hombre de 65 o 70 años cómo está orinando, muchas veces me responde: Bien, doctor. Lo normal para mi edad.
Entonces pregunto un poco más:
Se levanta de noche? Dos o tres veces.
Tiene la misma fuerza en el chorro que hace diez años? No.
Tiene que esperar para empezar? A veces.
Tiene urgencia? Sí.
Cuando sale de su casa piensa dónde podré encontrar un baño? También.
Entonces quizás no estaba orinando tan bien.
Estaba acostumbrado a orinar mal.
Y esa diferencia importa.
El deterioro urinario muchas veces ocurre lentamente. Tan lentamente que tenemos tiempo para adaptarnos.
Primero esperamos un poco más frente al inodoro.
Después empezamos a levantarnos una vez durante la noche. Más adelante son dos.
Tomamos menos líquido antes de acostarnos. Evitamos tomar demasiado antes de viajar.
Buscamos el baño apenas llegamos a un restaurante. Elegimos un asiento cerca del pasillo.
Organizamos pequeños fragmentos de nuestra vida alrededor de la posibilidad de tener que orinar.
Y como cada cambio fue pequeño, terminamos incorporándolo como parte de la edad.
La costumbre transforma un síntoma en normalidad.
Ese es uno de los mayores problemas de la hiperplasia prostática.
No siempre es el tamaño. Es el tiempo.
Porque mientras el hombre se adapta, la vejiga también intenta hacerlo.
Para entenderlo hay que pensar en la anatomía.
La próstata rodea una parte de la uretra. Cuando determinadas características de su crecimiento dificultan la salida de la orina, la vejiga necesita generar mayor presión para vencer esa resistencia.
Al principio puede conseguirlo. Compensa. Y el hombre sigue orinando.
Pero que consiga orinar no significa necesariamente que todo esté funcionando bien.
Este es un concepto que considero fundamental.
Durante muchos años hemos centrado la conversación sobre la hiperplasia benigna exclusivamente en la próstata: ¿Cuántos gramos tiene? ¿Cuánto creció? ¿Cuánto mide?
Son datos importantes.
Pero detrás de esa próstata existe un órgano que para mí merece tanta atención como ella:
la vejiga.
La vejiga es el motor que tiene que vencer la resistencia para expulsar la orina.
Si existe una obstrucción mantenida, algunos pacientes pueden desarrollar cambios progresivos en su funcionamiento. Puede aumentar la cantidad de orina que queda después de vaciarla, aparecer retención urinaria, infecciones, cálculos y otras complicaciones.
Por eso, cuando evalúo a un hombre con problemas prostáticos, no quiero saber solamente cuánto mide su próstata.
Quiero saber qué está haciendo esa próstata y cómo está respondiendo la vejiga.
Una próstata grande no necesariamente significa una gran obstrucción.
Y una próstata relativamente pequeña tampoco garantiza que el hombre esté libre de ella.
La anatomía importa.
El crecimiento hacia determinados sectores importa.
La dinámica de la salida de la vejiga importa.
Los síntomas importan.
El flujo urinario importa.
El residuo después de orinar puede importar.
Y, sobre todo, importa cada persona.
Porque tampoco debemos caer en el extremo contrario.
Que la próstata crezca no significa que haya que tratarla automáticamente.
Muchísimos hombres pueden tener hiperplasia prostática sin necesitar una intervención.
Otros se benefician con medicación.
Y algunos, dependiendo de sus síntomas, anatomía, grado de obstrucción, evolución y objetivos personales, pueden necesitar otro tipo de tratamiento.
Hoy disponemos de muchas más alternativas que hace años. Existen tratamientos farmacológicos, procedimientos mínimamente invasivos y diferentes técnicas quirúrgicas que permiten adaptar la estrategia a las características de cada paciente.
Por eso la discusión moderna ya no debería reducirse a una elección entre tomar una pastilla o entrar a un quirófano.
La pregunta debería ser:
¿Qué necesita este hombre en este momento para conservar su función urinaria y su calidad de vida durante los próximos años?
Y la edad vuelve a aparecer.
Pero desde otro lugar.
Vivimos más.
Un hombre de 60 años puede tener por delante veinte, treinta o más años de vida.
Un hombre de 70 puede trabajar, viajar, hacer deporte, tener actividad sexual, comenzar nuevos proyectos y llevar una vida extraordinariamente activa.
Entonces resulta paradójico que, mientras conseguimos extender nuestra expectativa de vida, aceptemos como inevitable deteriorar lentamente nuestra calidad de vida urinaria.
Dormir mal importa.
Levantarse tres o cuatro veces todas las noches importa.
Tener urgencia importa.
No poder terminar un viaje sin detenerse importa.
Vivir buscando baños importa.
Y proteger una vejiga que todavía tiene muchos años de trabajo por delante también importa.
Hay además otra confusión que debemos evitar.
La hiperplasia prostática benigna y el cáncer de próstata no son la misma enfermedad.
El cáncer de próstata puede aparecer incluso en un hombre que orina perfectamente.
Por eso no debemos utilizar nuestros síntomas urinarios como un sistema de detección del cáncer.
Orinar bien no significa estar libre de cáncer.
Y orinar mal tampoco significa tenerlo.
Son dos conversaciones diferentes que, por razones obvias, ocurren alrededor del mismo órgano.
Una tiene que ver con cómo funciona el sistema urinario.
La otra, con nuestro riesgo oncológico.
Ambas merecen atención.
Quizás por eso la próstata sea uno de los órganos más curiosos del envejecimiento masculino.
Crece mientras nosotros envejecemos.
Puede hacerlo durante años sin generar problemas importantes.
Puede obligarnos lentamente a modificar nuestra vida.
Y también puede convertirse en la excusa perfecta para una de las frases que más daño hace cuando se utiliza sin pensar:
Es la edad.
Sí, la edad influye.
Pero cumplir años no es un diagnóstico.
Y resignarse tampoco es un tratamiento.
Después de muchos años tratando hombres con enfermedades de la próstata, creo que uno de nuestros desafíos más importantes no es conseguir que todos se hagan procedimientos.
Es conseguir que consulten antes de haber normalizado durante años aquello que estaba cambiando.
Evaluar.
Medir.
Entender.
Y recién después decidir.
Algunos no necesitarán hacer nada.
Otros necesitarán seguimiento.
Algunos se beneficiarán con medicación.
Y otros necesitarán resolver una obstrucción antes de que las consecuencias sean mayores.
Eso es medicina personalizada.
Porque quizás la pregunta más importante no sea cuánto creció tu próstata.
Es otra:
¿Qué está provocando ese crecimiento en tu vida y qué está ocurriendo detrás de él?
La próstata probablemente continúe cambiando con los años.
Es parte de nuestra biología.
Lo que no debería crecer junto con ella es nuestra resignación.
Envejecer es inevitable. Orinar cada vez peor no necesariamente tiene que serlo.
Dr. Martín Piana
Urólogo y uro-oncólogo
Especialista en diagnóstico y tratamiento de enfermedades de la próstata



