Cirugía robótica en próstata ¿Eficacia real o estrategia de marketing?

Hay una pregunta que cada vez aparece más en el consultorio cuando un hombre recibe un diagnóstico de cáncer de próstata: “Doctor, ¿usted opera con robot?”. Hace algunos años era una pregunta excepcional. Hoy muchos pacientes llegan sabiendo qué es una prostatectomía radical robótica (cirugía para el cáncer de próstata), han visto en redes publicidades institucionales, han leído sobre el sistema da Vinci y buscan en Google dónde operarse con cirugía robótica de próstata.

Es una buena noticia. Un paciente informado puede participar mejor de las decisiones sobre su enfermedad. Pero al mismo tiempo apareció un fenómeno que merece ser discutido: la cirugía robótica «se vende» más rápido de lo que se explica.

Sanatorios, grupos y profesionales anuncian el «hito»: cirugía robótica. Las fotografías del robot aparecen en páginas web y redes sociales. La palabra “robótica” transmite modernidad, precisión y alta tecnología. Para un hombre que acaba de recibir un diagnóstico de cáncer, todo puede parecer bastante sencillo: si tengo que operarme, busco un lugar que tenga robot.

Pero hay una pregunta mucho más importante que casi nadie hace:

¿Quién me va a operar realmente?

Porque una cosa es ofrecer cirugía robótica. Otra es realizarla. Y otra, bastante diferente, es haber construido experiencia suficiente para utilizar las posibilidades del robot cuando la operación deja de ser estándar y empieza a exigir decisiones.

Ahí comienza la diferencia entre utilizar la robótica como argumento de marketing y convertirla en una verdadera herramienta quirúrgica.

El robot se puede mostrar. La experiencia, no tanto.

La cirugía radical de próstata es particularmente exigente. La próstata se encuentra profundamente ubicada en la pelvis, rodeada de estructuras que participan en funciones que importan enormemente para la vida posterior del paciente. El objetivo principal es tratar el cáncer, pero alrededor de ese objetivo aparecen otros desafíos: preservar la continencia urinaria y, cuando las características oncológicas lo permiten, intentar preservar las estructuras vinculadas con la función sexual.

En ese escenario, la cirugía robótica representa una evolución tecnológica extraordinaria. La visión tridimensional ampliada, la articulación de los instrumentos y la capacidad de trabajar con movimientos muy precisos permiten realizar disecciones y suturas dentro de un espacio anatómico reducido.

Pero hay algo que la imagen del robot no muestra.

El robot no sabe dónde está el cáncer. No interpreta por sí mismo la resonancia. No decide si un haz neurovascular puede preservarse. No determina cuánto tejido debe resecarse alrededor de una lesión. No sabe si en determinado paciente debemos priorizar una disección más conservadora o ampliar un margen por seguridad oncológica. Tampoco decide cómo preservar la uretra o cómo reconstruir determinados planos anatómicos.

Todas esas decisiones ocurren detrás de la consola. Por eso resulta demasiado simplista hablar de “cirugía robótica” como si la presencia de una plataforma tecnológica homogeneizara los resultados. El instrumento puede ser extraordinario, pero la operación continúa dependiendo de quien lo utiliza.

Y la evidencia permite poner números a algo que los cirujanos conocemos intuitivamente. Un estudio multicéntrico de más de 13.000 prostatectomías radicales robóticas realizadas por 74 cirujanos encontró una relación significativa entre experiencia del cirujano en cirugía laparoscópica previa y resultados oncológicos-funcionales. A medida que aumentaba la experiencia del cirujano los pacientes evolucionaban mejor.

Traducido al lenguaje común destruye una idea demasiado cómoda: que el robot hace que todos operemos igual.

La tecnología no crea experiencia. La potencia.

Mi relación con la cirugía robótica no comenzó el día que me senté frente a una consola. Comenzó muchos años antes.

Durante más de 25 años de cirugía laparoscópica y mínimamente invasiva aprendí a mirar la anatomía desde una pantalla, trabajar dentro de espacios reducidos, identificar planos, controlar vasos, suturar y reconstruir tejidos. Pero, sobre todo, acumulé algo que ningún aparato puede entregar con su instalación: experiencia tomando decisiones dentro de una operación.

La llegada del robot cambió la herramienta. No borró todo lo anterior. Al contrario: lo potenció.

Esto no significa que la laparoscopia previa sea una condición indispensable para convertirse en un buen cirujano robótico. La formación robótica actual tiene programas específicos y existen buenos resultados obtenidos por cirujanos provenientes de diferentes trayectorias. Lo que significa es algo mucho más personal y concreto: en mi práctica, la robótica se incorporó sobre una experiencia quirúrgica previamente construida, no en reemplazo de ella.

Esa diferencia explica también cómo entiendo la cirugía robótica de próstata. No como un producto. No como una fotografía para mostrar en redes. Y tampoco como una razón para operar a alguien que no necesita cirugía.

Antes de hablar de robot tenemos que responder preguntas más importantes. ¿Qué cáncer tiene ese hombre? ¿Cuál es su grupo de riesgo? ¿Está localizado? ¿Qué muestra la resonancia? ¿Cuál es su expectativa de vida? ¿Qué función urinaria y sexual tiene antes del tratamiento? ¿Necesita realmente una prostatectomía o existen otras alternativas razonables?

Porque también hay marketing cuando una tecnología termina condicionando la indicación.

Tener un robot no significa que todos los cánceres de próstata deban operarse. Hay tumores de bajo riesgo que pueden controlarse mediante vigilancia activa. Hay pacientes en quienes deben discutirse otras alternativas terapéuticas. Y hay hombres en los que la prostatectomía radical constituye una opción adecuada y entonces sí debemos preguntarnos cómo realizarla de la mejor manera posible.

Primero viene la indicación. Después viene la tecnología. Nunca al revés.

Por eso, cuando un hombre busca “cirugía robótica de próstata”, “prostatectomía radical robótica”, “robot da Vinci para cáncer de próstata” o “cirugía robótica de próstata en Rosario”, mi recomendación es que no elija solamente una máquina.

Que elija un equipo. Que pregunte quién lo va a operar. Que pregunte quién se sentará en la consola. Que pregunte cuánta experiencia existe detrás de esas manos.

Y que pregunte algo todavía más revelador: si ese cirujano estuviera en su lugar, ¿por qué considera que la cirugía es la mejor alternativa para ese cáncer?

La respuesta debería hablar primero de la enfermedad y del paciente. Recién después, del robot. Ese orden marca una enorme diferencia.

La cirugía robótica es probablemente una de las herramientas más sofisticadas que hemos incorporado a la cirugía urológica moderna. Pero precisamente por eso debemos evitar banalizarla convirtiéndola en una palabra publicitaria.

Un robot puede comprarse. Puede alquilarse. Puede compartirse. Puede fotografiarse. La experiencia quirúrgica no.

Se construye operación tras operación, durante años, aprendiendo anatomía, acumulando decisiones correctas y también revisando resultados para seguir mejorando.

Por eso, frente a la pregunta que da título a este artículo —cirugía robótica en próstata: ¿marketing o eficacia?— probablemente la respuesta no esté en el robot. Está en quién lo utiliza.

Porque cuando la tecnología cae en manos experimentadas puede multiplicar capacidades que ya existían. Cuando se transforma solamente en una etiqueta, el paciente corre el riesgo de elegir una máquina creyendo que está eligiendo una cirugía. Y no son lo mismo.

El robot se puede mostrar. La experiencia se tiene que demostrar.

Dr. Martín Piana
Urólogo – Uro-oncólogo
Cirugía laparoscópica, mínimamente invasiva y robótica
Diagnóstico y tratamiento de las enfermedades de la próstata

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