La edad no es solamente la cantidad de años desde que nacimos. Es también lo que nos permitimos hacer y lo que dejamos de hacer, lo que sentimos. A esta se la llama: edad subjetiva. Es la que sentimos tener, más allá de la que dice el documento.
En mi consultorio veo esta situación día a día. Muchas veces les pregunto: ¿qué edad sentís que tenés? Habitualmente se sienten 8 a 10 años más jóvenes que su edad cronológica.
Muchos hombres llegaron a los 60, 70 y 80 años haciendo cosas que una generación atrás parecían excepcionales. Trabajan, viajan, se enamoran, se separan, empiezan carreras, cuidan nietos y padres al mismo tiempo, viven solos, arman parejas nuevas, hacen deporte, crean empresas o descubren que quieren pasar las tardes leyendo. Todavía no hay un personaje social suficientemente definido para esa etapa, porque estamos viviendo años que antes existían para mucha menos gente.
El problema es que la sociedad es rápida para convertir cualquier libertad recién conquistada en una obligación. Después de décadas intentando escapar del mandato de «ser viejos», empezamos a recibir el mandato de no parecerlo. La diferencia parece pequeña y es enorme.
Ya no se espera necesariamente que un hombre de 70 años se retire discretamente de la vida social, se corte el pelo de determinada manera y empiece a vestirse como una grande. Ahora puede esperarse exactamente lo contrario. Tiene que estar activo, informado, delgado y musculoso, sexualmente activo, tecnológicamente alfabetizado, emocionalmente equilibrado, económicamente autónomo y lleno de proyectos. Tiene que hacer fuerza para conservar masa muscular, consumir suficiente proteína, cuidar la microbiota, dormir ocho horas, mantener buenos niveles de vitamina D, meditar, aprender algo nuevo para preservar el cerebro, sostener una red social estimulante y, por supuesto, encontrar un propósito. No alcanza con vivir más. Hay que hacerlo impecablemente.
El problema no está en ninguna de esas recomendaciones por separado. Hacer ejercicio es bueno. Comer bien es bueno. Tener amigos es extraordinariamente bueno. Dormir, aprender, enamorarse, caminar y tener proyectos probablemente hagan nuestra vida mejor, tengamos 20 u 80 años. El problema aparece cuando el conjunto deja de ser una posibilidad y empieza a funcionar como un examen moral.
A fines del siglo pasado se popularizó el concepto de «envejecimiento activo». Fue una ruptura importante frente a una medicina que había pensado la vejez casi exclusivamente como deterioro. Permitió mostrar que cumplir años no conducía inexorablemente a enfermedad, dependencia y declive. Pero si existe un envejecimiento activo, inevitablemente existe otro inactivo. Y entonces conviene mirar alrededor, no solamente hacia adentro.
Entonces, que pasa con quienes ¿llegaron a los 70 con artrosis y no puede correr una maratón? ¿tienen problemas de próstata y disfunción sexual? ¿Envejeció incorrectamente quien trabajó toda su vida en un empleo físico y llega a los sesenta con el cuerpo deteriorado? ¿Qué hacemos con quien no tiene dinero para suplementos, gimnasio, alimentos orgánicos, controles preventivos, vacaciones estimulantes y todos los productos que ahora promete la industria de la longevidad?
Hay una paradoja extraordinaria en este momento cultural. Conseguimos demostrar que la vejez no equivale necesariamente al deterioro y podemos terminar convirtiendo el deterioro en una culpa.
Antes, cuando se llegaba a los 65 los mandatos eran feroces. Había que retirarse, hacerse invisible, aceptar que algunas experiencias ya no correspondían. La nueva vejez promete liberarnos de todo eso. Pero viene acompañada de su propio catálogo.
Eso es distinto de lo que pasa apenas se pisa una ciudad nueva. Ahí no se trata de que nadie sepa la edad: es que deja de hacer falta usarla como explicación de cada decisión. Caminar, quedarse, salir de noche o volver temprano, nada de eso necesita justificarse por los años que una tiene. Quizás eso sea lo extraño que puede producir un viaje: no sentirse más joven sino pasar largos períodos sin pensar qué edad se tiene. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Porque si el objetivo de la nueva longevidad consiste en permanecer jóvenes durante el mayor tiempo posible, seguimos aceptando la misma jerarquía que organizó el siglo XX: juventud arriba, vejez abajo. Sólo estamos tratando desesperadamente de permanecer del lado correcto. La verdadera ruptura sería otra: que la edad perdiera parte de su capacidad para ordenar nuestras posibilidades.
Poder caminar veinte kilómetros un día y querer quedarse leyendo en la cama al siguiente. Bailar hasta las tres de la mañana y pedir una silla porque duelen las rodillas. Empezar una empresa a los setenta o decidir que no queremos producir absolutamente nada más. Enamorarnos. No enamorarnos. Tener sexo. No tenerlo. Aprender mandarín o mirar durante cinco horas una serie espantosa sin convertir ninguna de esas elecciones en evidencia de que estamos envejeciendo bien o mal.
La longevidad es uno de los grandes logros de nuestra época. Pero vivir más años no debería obligarnos a convertir cada uno de esos años en una prueba de rendimiento. Hay días en que nos sentimos bastante más jóvenes que la edad que dice el documento, y otros en que no. La pregunta quizá no sea cómo conseguir sentirnos siempre jóvenes. Consista en dejar de rendir examen sobre nuestra edad.
La imagen que queda no es la de una proeza física ni la de alguien desafiando su edad. Es apenas la de un sótano lleno de humo y cerveza, una banda tocando y un grupo de pelo blanco bailando junto al escenario mientras algunos jóvenes miran. Nadie necesita explicar cuántos años tiene para seguir bailando.



